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Lección (vital) aprendida

Voy con retraso, como de costumbre en este blog. Pero no importa. Quiero hablaros de la Beatificación de Juan Pablo II, un hecho histórico que se celebró hace más de un mes en Roma [concretamente el 1 de mayo] y que llevaba preparándose aquí desde principios de año.

No importa si eres una persona religiosa o no, si la Iglesia es tu amiga o tu enemiga. En estos casos, todo eso da igual. Porque aunque sea la Santa Sede quien organice el evento y sea un homenaje a un expontífice, es la gente la quien realmente da sentido a la ceremonia. Al menos, esa fue mi impresión durante aquellos siete días, en los que aprendí muchas cosas, entre ellas una lección (vital).

Hablo de una semana porque, aunque es verdad que la propia Beatificación duró un par de horas de ese domingo, la Ciudad Eterna bullía desde el lunes anterior, con las calles llenas de souvenirs papales y carteles con Woytjla sujetando a un niño en cada esquina y en cada parada de metro o autobús [vídeo Efe].

También había libros, postales, exposiciones dedicadas al polaco y puestos ambulantes del Ayuntamiento de Roma repartiendo mapas de la ciudad y ofreciendo información de los principales monumentos en varios idiomas. ¡Ah! Y kioskos improvisados para comprar sellos con el rostro de Juan Pablo II grabado.

Hasta el sábado 30 de abril, cuando se celebró la Vigilia en el Circo Massimo [vídeo Efe], yo pensaba que todas esas cosas formaban parte de un circo más turístico que religioso. Después, todo cambió. Me di cuenta de que la gente que había viajado a Roma realmente porque querían estar junto a Juan Pablo II ese día, mostrarle su apoyo.

¿Por qué? Las razones dependían de la persona entrevista pero, en general, la mayoría destacaban su buena relación con los jóvenes, su lucha contra el comunismo y su carácter cercano. Además de las visitas al Cono Sur en el caso de los latinoamericanos.

Yo, que no recuerdo mucho de este papa y no termino de entender sus logros, resumiría el sentir popular en dos palabras: admiración y devoción.

Son dos términos que me gustan, sobre todo, porque son conocidos y compartidos por todos. Cada uno de nosotros tiene, al menos, a una persona que admira profundamente y otra(s) por la(s) que siente devoción. Como son sentimientos, pueden ser irracionales e incomprendidos por los demás.

No obstante, está claro que por esas personas, cualquiera sería capaz de hacer cualquier cosa, hasta realizar un viaje de doce horas en silla de ruedas, pagar trescientos euros por una noche de hotel o dormir tres días lluviosos en un campo lleno de barro y arena. Yo, al menos, lo haría, ¿vosotros no?

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