Archivo de la etiqueta: nonna

La “nonna” italiana

Mucho había oído hablar de la “mamma” italiana antes de venir a Roma. De su preocupación constante, su continua insistencia, su frenética actividad, su carácter acaparador y, sobre todo, su importancia dentro de la familia, cuya estructura es fundamentalmente matriarcal.

No sabía nada, en cambio, de “nonna” italiana, es decir de la “mamma” de la “mamma” o del “padre”. Vamos, la abuela. Por convenciones sociales, imagino, sólo había conocido a una de estas señoras en diciembre de 2009, cuando vine a Roma por primera vez y me alojé con mi amiga Annalisa.

La verdad es que no recuerdo mucho de su abuela [debe ser que por entonces no tenía los ojos tan abiertos como ahora], así que podría decirse que el otro día, de una manera un tanto surrealista, tuve la suerte de descubrir por primera vez a alguien con este parentesco familiar en Italia.

Fue hace un par de semanas, cuando volvía a casa después de trabajar, cargada de bolsas, empapada porque llovía y con el dolor de espalda habitual. Nada más cerrar la puerta de mi casa -y pensar ¡hogar, dulce hogar!- llamaron al timbre.

Al principio maldije, no nos vamos a engañar, a quien no me había dejado ni soltar las bolsas en la cocina. Después, dije: “Chi è?” Y nadie contestó. Y yo, claro está, no abrí. Y ella volvió a llamar. Y yo volví a preguntar. Y, entonces, sí me contestó: “Soy la Signora -digamos, por ejemplo- Pescantina, la vecina de al lado. Abre”.   Lo dijo con determinación y yo, con resignación, solté las bolsas en el pasillo, abrí y sonreí.

Con más determinación aún, la mujer de setenta y muchos años me cogió del brazo y me dijo: “Ven, que tienes que arreglarme la tele. ¿El chico no está? Oye, coge las llaves, que si no luego no puedes entrar”. Y yo, por partes y agradablemente sorprendida por su energía, le contesté: “Un segundo. No, el chico está trabajando, llevo las llaves”.

Y mi vecina, la “nonna”, se paró un momento y sin soltarme de brazo me preguntó: “Ah, ¿eres la chica francesa?”, a lo que yo dije “No, Annabelle se fue ya, yo soy española, llevo desde principios de año”. Y entonces, como es común aquí entre españoles e italianos, se creó cierta complicidad entre nosotras.

“España, tiene que ser precioso. Mi hija ha estado allí varias veces, luego viene y te lo cuenta, que va a venir. Pero arréglame la televisión, que ¿qué hago yo sin televisión? Vivo sola. Cuidado, ten cuidado, que es que mi casa es muy pequeña y tengo la cama aquí, que duermo mejor. Ah, esta es mi amiga fulanita. Fulanita, ésta es una chica española que vive aquí al lado y que nos va a arreglar la tele”.

Le arreglé, no sé muy bien cómo la verdad. Y entonces me dio varias veces las gracias, me abrazó y me dio un beso. Yo, que lo paso fatal a la hora de hacer muestras de cariño en público a cualquiera que no sea mi novio o un niño/a, no paraba de decir “prego” y “niente” mientras ella, como si me conociera de toda la vida, se mostraba todavía más cariñosa y me apretaba el brazo.

Después vino la hija, que me miró raro, o sea normal porque querría saber qué hacía una extraña en casa de su madre. La mujer se lo explicó y hablamos de España. Tras unos minutos de charla, dije que me iba y la “nonna” me esperó en el pasillo y me dio, como una abuela que quiere satisfacer un capricho de su nieto sin que los padres se enteren, un cacho de bizcocho casero con pepitas de chocolate. Riquísimo, claro. Y artesanal.

Entré en casa un poco aturdida y descolocada, pero con una sonrisa en la boca y un bollo en la mano: sentí que habían sido las primeras muestras de cariño en Roma después de unas semanas un poco complicadas. O las primeras desde que llegué. Cámo no, venían de una “nonna”. No era la mía, pero daba igual porque surtían el mismo efecto reconfortante. ¿Será porque las abuelas son abuelas siempre y, en cierta medida, cuidan de todos?

Anuncios

3 comentarios

Archivado bajo Andanzas romanas